Hace una semana que terminó la feria del libro 2009, una feria que según las declaraciones de sus organizadores a la prensa ha sido un éxito, con un
incremento del 10% en las ventas . Nuestra sensación no es la misma, y tampoco la de otros libreros, editores y autores con los que hemos compartido opiniones. Ya se sabe que el dicho popular nos recuerda que “cada uno cuenta la feria según le va”, y nunca mejor dicho; pero durante esta semana han sido muchos los clientes que se han acercado a la librería y nos han contado su parecer, que ha venido a confirmar que la sensación de la que hablaba antes no es algo particular: la mayor parte de ellos ha definido la feria como triste (uno de nuestros buenos clientes, Javier, nos preguntaba esta mañana si ya se había terminado el “tormento”, y otra buena cliente, María, vino el sábado ilusionada para decirnos que se le habían ocurrido algunas ideas para que la feria fuera más alegre y tuviera más público).
Para nosotros ha sido una feria floja, peor que la del año pasado y peor también que la de hace dos. Al hacer balance, siempre surgen dudas: ¿habremos fallado en la selección de libros que hemos preparado? ¿hemos dejado pasar títulos y autores que los lectores estaban esperando? Desde luego, tenemos que pensar en estas cosas y en muchas otras, hacer todo lo que esté en nuestra mano para intentar averiguar las razones por las que este año nuestra feria no ha sido buena. Pero al margen de esta reflexión particular, creo que hay razones objetivas para que este año la Feria del Libro haya pasado sin pena ni gloria.
La foto que acompaña a este texto muestra lo que ha sido la feria para nosotros. Nueve días viendo la puerta del Banco Pastor, en la esquina de Paseo Independencia con Casa Jiménez. A ratos pasaba gente caminando por el paseo; otros ratos no pasaba un alma. En ningún momento hemos tenido la sensación de estar formando parte de una feria. Las casetas participantes no nos vemos unas a otras: nos damos la espalda. Desde nuestro puesto no vemos si pasa la gente, si en otras casetas hay público, si hay buen ambiente. Nada. La Feria debería dar sensación de unidad, no de casetas esparcidas a lo largo del paseo sin relación entre las dos aceras. Habría que hacer lo posible por que dejara de ser lugar de paso para convertirse en lugar de encuentro, un lugar donde la gente vaya para estar un rato, y no solo para echar un vistazo rápido según baja hacia otra parte.
Desde la organización de la feria se insiste en que la razón principal por la que ha habido mucha menos gente ha sido la coincidencia del Mercado Medieval que estuvo el segundo fin de semana en el entorno de la Seo. Es cierto que si hay dos actividades en la ciudad es mejor que transcurran en momentos diferentes, pero esto lo pienso más como ciudadana que aprecia tener ofertas de ocio cada día que como librera que ha participado en la feria. Objetivamente creo que una ciudad de 700.000 habitantes da para esto y para más, y que lo más normal es que una de las actividades tire de la otra; que alguien que viva en un barrio como Delicias, San José o Casablanca piense en acercarse al centro porque tiene dos ofertas de ocio a su disposición; que le apetezca dar una vuelta mirando libros y después acercarse al mercado, a sus puestos y bares. Ni la oferta de la feria ni la del mercado eran tan extensas que impidieran ver las dos en una tarde. Ahora bien, si entre estas dos actividades los zaragozanos prefieren en bloque el mercado medieval a la feria del libro, es que algo falla y los libreros, editores y organizadores deberíamos preguntarnos qué es.
Este año, la feria no ha tenido un solo tema principal, ni dos: tres ejes sobre los que girar. A saber: la novela histórica, como los años anteriores; la “Literatura fantástica y de terror” (¿quizá en previsión de un salón dedicado a este género que ofreció Luis Sepúlveda al Ayuntamiento?), y por último “Letras del mundo: Argentina”. Por la carpa de actividades han pasado buenos autores, como Andrés Neuman, Luis García Montero o Rodrigo Fresán, aunque hemos echado de menos que hubiera más presencia de autores y editoriales literarias, al margen de Alfaguara o Seix Barral. Nos ha parecido que han faltado autores de las editoriales más prestigiosas que publican literatura de calidad: no se ha presentado ningún libro de Anagrama, Tusquets, Siruela, Páginas de Espuma (y eso que estas dos editoriales han tenido caseta en la feria, dentro del grupo Bibliodiversidad), por citar algunas de ellas. Es cierto que Zaragoza no es Madrid, y por tanto no se puede comparar nuestra feria con la suya, pero me da mucha envidia ver que una ciudad como Granada (236.000 habitantes) ha sido capaz de reunir este año en su Hay Festival dos premios Nobel como José Saramago y Orhan Pamuk, que ha puesto a charlar a dos buenos periodistas como Arcadi Espada y Miguel Ángel Aguilar, que ha ofrecido conversaciones interesantes, como la de Andrés Trapiello (que, por cierto, presentó su novela en Zaragoza un día antes de la feria) con Malcolm Otero Barral, la de Javier Cercas con Félix Romeo o la de Kiran Desai (Premio Booker 2007) con Juan Gabriel Vásquez. Por Granada han pasado este año Atiq Rahimi, ganador del Goncourt 2008 con La piedra de la paciencia (Siruela), Martin Amis, David Trueba (Premio de la Crítica 2009), Mathias Enard… Y este no es el único ejemplo que me provoca envidia: Segovia (57.000 habitantes) incluyó en su programa del año pasado a Mario Vargas Llosa, Daniel Pennac o Michael Ondaatjee; Córdoba (325.000 habitantes) llevó a su Cosmopoética a Álvaro Mutis, Rafael Courtoisie, Fernando Beltrán o Cristina Fernández Cubas...
Los horarios de algunas de las actividades tampoco han sido acertados, como comprobó Andrés Neuman al salir de la presentación de su libro –programada a las nueve de la noche- y ver como todas las casetas estaban ya cerradas, puesto que la hora de cierre de la feria eran las nueve y media. Andrés, sorprendido, comentó que la gente que había asistido al acto, aunque le hubiera gustado la presentación, no habría podido comprar su libro al salir. Alguien le explicó que esa era la razón por la que alguna gente había dejado su charla a mitad y se había marchado de la carpa: salieron a comprar la novela para que al terminar se la dedicara Andrés.
De todas formas, quizá aunque estuvieran abiertas las casetas tampoco se podrían encontrar los libros de los autores invitados a la carpa de actividades. Los libreros recibimos información del programa de la feria dos días antes de su inauguración (concretamente, este año lo recibimos por correo electrónico el miércoles 27, la feria empezaba el 29). Las editoriales que no tienen distribución local en Zaragoza (Grupo Planeta, Random House Mondadori, Grupo Anaya, RBA…) tardan unos cuatro o cinco días -como mínimo- en enviar los pedidos, así que es completamente imposible que un librero pueda adecuar la oferta de su caseta a los autores invitados. Un ejemplo muy claro: el primer fin de semana de la feria se presentaron libros de Seix Barral, Espasa, Aguilar y Martínez Roca. Pidiéndolos el mismo día 27 es imposible del todo recibirlos a tiempo. La excusa que da la organización de la feria para no dar la información con más tiempo es que se filtraría a la prensa, como si fuera la fórmula de la Coca-cola, o la de la bomba atómica. Esto no pasaría de ser una chapuza organizativa si no fuera porque hay libreros pertenecientes a la organización de la feria que sí tienen este programa de actividades con más de una semana de antelación. El viernes 22 de mayo este programa ya estaba en la librería del presidente de la Asociación de Librerías de Zaragoza. No sé si esto es legal, seguramente sí. De lo que sí estoy segura es de que no es ético.
En la inauguración de la Feria, la Consejera de Educación y Cultura del Gobierno de Aragón declaró abierta la feria pidiendo a los padres “que sean capaces de hacer lectores a sus hijos”. Es una consigna estupenda, y creo firmemente en que eso conseguirá hacer una sociedad mejor, pero todavía deja más en evidencia una feria en la que no se programó una sola actividad dirigida a los niños.
Por todas estas razones, leer las declaraciones de los organizadores en los periódicos, que insisten tanto en que la feria ha sido un éxito, me duele. Creo que en este momento, si nuestro deseo real es que esta feria funcione sin excusas, sin echar la culpa de la falta de público a la lluvia o al calor, a mercados medievales o al fútbol, COPELI, libreros, editores y todo aquel que participe en la Feria del Libro deberíamos parar y reflexionar; hacer autocrítica, escucharnos unos a otros y pensar cómo podemos hacer que esta fiesta del libro sea, de verdad, el éxito que todos deseamos.
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