Eudora Welty (1909-2001) tenía sólo dos años cuando seguía a su madre por toda la casa, fascinada por las historias que le leía. Su amor por las palabras creció cuando aprendió a leer y descubrió los cuentos de hadas primero –Andersen, Grimm, Esopo- y a Dickens y Mark Twain después, en la biblioteca de su casa de Jackson, Missisipi. Las historias le ayudaban a entender el mundo y a ordenar sus recuerdos.
Sobre el recuerdo y la memoria está construida La hija del optimista, una novela espléndida que habla del peso del pasado y de la necesidad de seguir adelante. Laurel, la hija del juez McKelva, acompaña a su padre y a su nueva esposa Fay a Nueva Orleans, donde el juez va a ser sometido a una operación. McKelva no supera la intervención y muere la noche del Mardi Gras, mientras en la calle las comparsas celebran el carnaval. Las dos mujeres (Fay, superficial y voluble, Laurel sensible y contenida, fiel al saber estar y a la educación sureña) regresarán a casa para celebrar un funeral que removerá su visión de la vida.
La pérdida de su padre y la estancia en la casa donde nació enfrentan a Laurel a sus recuerdos y a otras pérdidas no superadas: la de su madre, Becky, muy presente en toda la novela; la de su marido, muerto en la Segunda Guerra Mundial; la de la casa donde pasó su infancia y que ahora heredará Fay, que rompe el único vínculo que la une a su pueblo natal. Laurel siente el peso de la soledad de quien ha perdido a quien más quiere, el peso de la certeza de no poder recuperar el pasado. Los días que siguen al funeral Laurel reconstruye la historia de su familia a partir de los cuadernos y cartas de su madre, en la parte más hermosa e íntima de la novela.
Aunque Eudora Welty dice en La palabra heredada (Montesinos, 1988) que nunca tuvo intención de “inventar un personaje capaz de hacer las veces de portavoz mío, del autor”, lo cierto es que hay mucho de ella en Laurel. La autora y su personaje comparten el amor por los libros, las lecturas infantiles, su afición por los relojes, telescopios y demás aparatos o los viajes en tren para visitar a su familia materna. Y sobre todo comparten la historia de su madre: Becky es una proyección bastante fiel de Chestina Welty. Muchos de los rasgos del personaje y de los episodios que vive están tomados literalmente de su vida.
FOTOGRAFÍAS DEL SUR
Su trabajo como publicista para la administración local americana la hizo viajar por todo el estado de Missisipi y captar con su cámara la vida en el sur de los Estados Unidos en los años que siguieron a la Gran Depresión. Los Cuentos completos que publica Lumen en el centenario de su nacimiento recogen cuatro volúmenes de relatos que retratan en primer plano la América rural.
Narrados con una prosa que sugiere más de lo que cuenta, los relatos de Eudora Welty son poderosos e intensos. Por Una cortina de follaje (1941) desfilan personajes tiernos, con un punto de desamparo que los hace entrañables; personajes al límite de la inteligencia, como Ruby Fisher, que se siente única al creerse noticia del periódico, o Lily Daw, que se quiere casar ante la incredulidad de las damas del pueblo, o Leota, la peluquera que se recrea en su mala suerte. En La red grande (1943) los cuentos se vuelven más oscuros, más desasosegantes, como el relato que da título al volumen, que narra la desaparición de una mujer embarazada y la búsqueda de su cuerpo en el río, o ”Livvie”, uno de los mejores cuentos del libro: la historia de una mujer que nunca ha salido de casa desde que se casó con un hombre mucho mayor que ella, y no sabe cómo enfrentarse a la vida ahora que él va a morir.
Los mejores relatos son los que forman Las manzanas doradas (1949), siete cuentos que comparten los mismos personajes y que se pueden leer como una novela coral. Su estructura es similar a la de Winesburg, Ohio (Acantilado, 2009) de Sherwood Anderson, autor que ejerció una gran influencia entre los escritores de la generación de Welty. Los siete cuentos transcurren en Morgana, Missisipi, y entre ellos destaca poderosamente “El recital de junio”, la perturbadora historia de una profesora de piano. Como toda la prosa de Welty, este relato está salpicado de hermosas metáforas que lo llenan de poesía (“se subió a la banqueta del piano como hacen las mujeres, desafiando a la muerte”) y sus personajes tienen nombres igual de hermosos, como la costurera Perdita Mayo, la señorita Mamie Carmichael o la vieja señorita Sad-Talking Morgan. Por último, en La novia del «Innisfallen» (1955) encontramos algunos cuentos ambientados en Europa, aunque en el más destacable (“Familia”) vuelve a la América profunda.
Tanto los cuentos como la novela, ganadora del Pulitzer en 1973, son una lectura deliciosa donde se disfruta cada frase con que Eudora Welty captura la vida detenida en pequeños instantes.
LA HIJA DEL OPTIMISTA.. EUDORA WELTY. Prólogo de Félix Romeo. Traducción de José C. Vales. Impedimenta. Madrid, 2009. 222 páginas.
CUENTOS COMPLETOS. EUDORA WELTY. Editorial Lumen. Barcelona, 2009. 983 páginas.
Eva Cosculluela
Reseña publicada en Artes&Letras el 24/09/2009
Las fotos de Eudora Welty están tomadas de aquí y de aquí.
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